PITTSBURGH— Desde el aula en la que enseñaba inglés en el instituto, Margie Satterwhite Brown observaba a los padres y a sus hijos haciendo cola al otro lado de la calle en el aparcamiento de Bradford Regional Medical Center, en el norte de Pensilvania.
La primera vacuna contra la causa más común del cáncer de cuello uterino se aprobó en 2006, y en los años siguientes los padres estaban ansiosos por proteger a sus hijas.
Más de una década después, ese tipo de expectación por una vacuna es difícil de imaginar. Dos años después de la pandemia por COVID-19, menos de la mitad de los residentes del Condado McKean estaban completamente vacunados, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), y solo el 38 por ciento había recibido una vacuna de refuerzo a principios de marzo, una de las tasas más bajas de Pensilvania.