El reglamento de los Juegos Olímpicos, llamado Carta Olímpica, contiene numerosos estatutos destinados a fomentar la "neutralidad política". No protestar en el campo de juego, no usar símbolos ni hacer gestos con las manos; esa clase de cosas.
Sin embargo, la política y el certamen tienen una historia larga e incómoda.
Pensemos en la Alemania nazi, que usó los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936 como herramienta de propaganda, o en los terroristas palestinos que secuestraron y asesinaron a miembros del equipo israelí en 1972, en Munich. Estados Unidos y la Unión Soviética intercambiaron boicots en la década de 1980 y los rebeldes chechenos amenazaron con atacar los Juegos de Sochi, en 2014.