LA PAZ, Bolivia — Las imágenes que llegan desde La Paz cuentan una historia de desesperación cruda: mineros arrojando explosivos contra la policía, gases lacrimógenos flotando sobre manifestantes frente al palacio presidencial, carreteras bloqueadas durante semanas, estantes de supermercados vacíos, hospitales con poco oxígeno. Bolivia atraviesa lo que muchos analistas llaman la peor crisis económica en una generación, y su presidente recién electo, Rodrigo Paz, lucha por su supervivencia política apenas seis meses después de asumir el cargo.
Pero detrás del genuino dolor económico de los bolivianos yace algo más calculado. El gobierno de Paz, respaldado por una comunidad internacional cada vez más alarmada, está sonando la alarma: lo que parece ser un levantamiento espontáneo es, al menos en parte, un intento orquestado del ex presidente Evo Morales para derrocar a un gobierno democráticamente electo y abrirse camino de regreso al poder. Y según el ministro de la Presidencia de Bolivia, José Luis Lupo, las manos que tiran de los hilos no son todas bolivianas.